Mal adentro





“La fatalidad nos vuelve invisibles”, anotó el abogado que revisó el expediente de Santiago Nasar, en Crónica de una muerte anunciada de García Márquez. También puede hacernos visibles. En Mal adentro, el condenado, en su encierro, revisa, escarba en su memoria, maldice su suerte, llora, patalea, se consuela, se conforma. 

Cuando recobra su libertad, es otro el que vuelve. Más cauto, menos ingenuo. Comprende que las vicisitudes viajan en el mismo compartimiento de un tren que nos conduce a ninguna parte. En lugar de seguir llorando y pataleando, sabe que existe una forma de reírse y de acabar de comprender su tragedia: la escritura.

Leer este texto (Mal adentro) de Roberto Sanabria, es adentrarse en la psique de un ser bueno, a quien la cárcel, en lugar de malearlo como es frecuente, le ofrece la oportunidad de aprender más del ser humano, de los delincuentes, de las afinidades que surgen en el encierro, de sentirse útil en un ambiente maleado por las relaciones entre los internos y los guardias. Aprende a aceptar la vida como llega pero no cesa en su intento de intervenir en su acontecer. Lo más importante, descubre que la palabra es una de las pocas y efectivas formas de liberación para el mal que llevamos dentro.

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