Furor de la llanura




Por: Arnulfo Briceño Contreras (q.e.p.d.)

He visto el trasegar de esta menuda pero recia mujer llanera que en sí es poesía como su tierra donde la brisa pura y suave acaricia todo cuanto se yergue en el horizonte sin fin.

La he visto con un manojo de papeles que contienen rimas, dichos y leyendas, retratos del cuerpo y del alma de las gentes que como ella nacieron en la llanura indómita, los cuales  pugnan por encontrar un reposo sin reposo en las hojas de un libro que le hable a propios y extraños de las hazañas de un pueblo generoso y bravío, y por ante todo de uno de sus más fieles exponentes, digno heredero del arrojo de Rondón, el lancero inmortal que llenó de gloria las páginas de la historia colombiana, Guadalupe Salcedo.

La primera idea que asalta a nuestra mente cuando a Tredy del Llano se le ocurre escribir sobre el legendario Guadalupe, es: Si a esta mujer se le habrá ocurrido hacer en épocas que todos sabemos difíciles para la nación, una apología de la guerrilla.

Nada más lejana a este interrogante es la realidad. Lo que Tredy nos descubre aquí es algo que la mayoría de los colombianos ignorábamos: que Guadalupe el legendario, el indomable como los potros salvajes que recorren el verde tapiz de la llanura, era a su vez un verseador, un coplero, un amante cultivador de los aires musicales que lo acunaron, que su vida  fue mucho más que un fusil y que tenía el alma llena no sólo de fiereza para el combate sino de cantos dulces y recios, de joropos, pasajes, seis por derecho, llena de paisajes, amores y recuerdos, la parte que no solemos conocer de los héroes populares.

Por ello resulta más desconcertante el querer de esta mujer llanera. Sólo a ella se le ocurre reivindicar la memoria y la figura de un hombre a quien la mayoría recuerda, cuando lo recuerda, como un violento. He aquí  para mí lo más importante de su obra: su valor, su osadía y la leatad con sus hermanos de raza, cuyas virtudes exaltó Guadalupe.

A un llanero de corazón, como lo soy yo, le emociona esta empresa y me honra escribir esta nota para desearle a Tredy que el éxito corone su noble labor.

Bogotá, noviembre 27 de 1987

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