Dulces gritos de ciudad





Dulces gritos de ciudad lo componen una serie de narraciones bien escritas. Fueron hechas por alguien que tiene talento, mucho talento y además la prodigiosa mirada del escritor sensible. En este libro de historias contadas con generosa actitud, se conjugan de manera seria la disposición de todos los elementos necesarios en el ejercicio de la escritura para hacer de ella algo amplio, vital y afirmativo. El indeclinable gusto del autor por hacer bien las cosas va de la mano con el respeto al lector. Sean bienvenidos a algo bien logrado, algo que se deja leer, bien estés en un café, un centro comercial, un parque, una ciudad...”

       Fernando Granada Escudero

En Dulces gritos de ciudad, la frescura y variedad de sus historias encuentran unidad en el rigor, en la delicada y paciente elaboración de sus textos, que muestran a un escritor dedicado con entereza y profundidad al oficio de escribir. Y no solo de escribir, sino de escribir literatura; de crear y recrear mundos paralelos en lenguajes de ficción que tienen –siempre– un pie sobre la tierra. Al decir del propio autor: ‘Yo no invento nada. Solo narro lo que veo.’ 

Y sí. De eso se trata. Lo que ocurre es que ‘narrar lo que se ve’ no es solo describir la llana y chata realidad con la técnica de un fotógrafo de primeras comuniones. No. Aquí es preciso aclarar que, por supuesto, cada quien narra lo que ve.

Y ahí radica la diferencia. Cualquiera describe, toma instantáneas automáticas, sin importar los planos, la profundidad de campo, los contrastes, las gamas de grises y de colores; la estética del momento. Sus pobres descripciones no alcanzan a percibir e interpretar los diferentes significados de la atmósfera, el aroma, los ambientes y sus silencios.

Otros, como Nayib Camacho, ven y perciben eso y mucho más, porque su conocimiento, su talento, su disciplina y esa sensibilidad necesarios para el oficio de crear, hacen ver lo que los ojos normales no ven.

Navegan a profundidades desconocidas para reinterpretar la cotidianidad desde la mirada del creador –en este caso desde la literatura–. Y eso es lo que vemos en Dulces gritos de ciudad: un conjunto de textos elaborados con la precisión del relojero. Allí cada pieza encaja perfectamente, ha sido pulida una y otra vez, hasta el cansancio –y la obsesión–.

Algo más: el cuidado con el que teje cada personaje prevé hasta la mínima puntada. Se nota en los hilos de oro que quedan incrustados en el corazón de cada uno de sus lectores.


Jaime Fernández Molano

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