domingo, 18 de noviembre de 2012

Nayib Camacho O. / El destello de la palabra editada

El escritor y filósofo Nayib Camacho presenta su visión sobre esta 'casa de tres niveles' que para él es Entreletras (texto escrito el año anterior con motivo de los 30 años del grupo cultural).



Celebración en medio de poesía y dolor. Mayo de 1991, décimo aniversario de Entreletras, a escasos días del asesinato del poeta del grupo, Julio Daniel Chaparro. En la foto, de izquierda a derecha, sentados: Héctor Julio Chaparro Mesa, Arturo Guerrero, Jaime Fernández Molano -seguido del presidente de Reporteros Sin Fronteras (periodista francés)-, y Miguel Ortiz Castillo. De pie: el presidente del Colegio Nacional de Periodistas. (Foto: Constantino Castelblanco)
Son treinta años de actividad entre las letras los que cumple Entreletras. La actividad que desde los años ochenta viene realizando este grupo literario en el espectro de la ciudad y del país, se localiza en una casa con tres niveles: uno editorial, otro propiamente literario, y finalmente uno de índole cultural muy amplia.

En relación con el primer nivel, se trata de la primera editorial de la región que se aventuró a pensar la posibilidad de editar algo diferente al costumbrismo habitual. La voz inicial de quienes conformaban el grupo, quiso ir más allá de los recitadores y copleros. De ahí que dieran a entender que no bastaba con el deseo de proclamarse amantes de la poesía o de la literatura, sino que era necesario hacer evidente la creación propia, novedosa y de paso, defenderla. De esta manera, sus primeras cartillas expresaron el legítimo deseo publicitario de todo poeta de dar a conocer, mediante textos visibles, aquello que su sentimiento expresa. Creo que fue en este contexto en el que las voces juveniles de aquel entonces pactaron la idea de publicar su obra y la de sus cómplices, en una constante intervención editorial que hoy llega a completar un interesante catálogo compuesto por textos de poesía, novelas, ensayos, antologías, diccionarios, cuentos y periodismo.

Entreletros en la XV Feria Internacional del Libro de Bogotá (mayo de 2002). De izquierda a derecha: Nayib Camacho, Darío Ortega Hernández, Francisco Piratoba, Isaías Peña Gutiérrez, Jaime Fernández Molano, Angélica María Guerrero, Jhon Fitzgerald Torres Sanmiguel (acurrucado), José Vicente Casadiego León, Nubia Suárez, Nancy Moreno y Sara Cortés Sandino. (Foto: Constantino Castelblanco)
En el segundo nivel, es decir, en el trabajo de descubrimiento, reconocimiento y formación literarios, Entreletras ha actuado como reto e impulso, para que autores regionales se reconozcan como escritores y desde esta posición, en algunos casos, alcanzar reconocimiento nacional. Desde sus orígenes, Entreletras se convirtió en un ente promotor de libros, autores y eventos relacionados con la literatura y la cultura en un medio adverso y a veces ajeno a la expresión literaria. De su labor continua han surgido recitales, concursos, festivales, talleres, ediciones, publicaciones, visita de reconocidos autores nacionales y extranjeros, participación en ferias del libro y promoción de lectura. Su larga colección de títulos da cuenta de una muy variada gama de autores, estilos, intenciones y propuestas literarias.


El tercer nivel, que corresponde en términos generales al fomento de hechos de cultura, Entreletras ha englobado acciones tendientes a favorecer la divulgación de diversas formas de expresión cultural conectadas sutilmente con la literatura. Tal es el caso del impulso a esferas como la pintura, la música, el cine, la fotografía y otras expresiones artísticas.

Julio Daniel Chaparro y Jaime Fernández Molano con un ejemplar de la revista Entreletras. Vereda Barcelona, Villavicencio, año 1986 (Foto: Constantino Castelblanco)
A lo largo de esta treintena, Entreletras ha buscado proyectar la región más allá de los imaginarios externos que reducen el ámbito llanero a un asunto de caballos y gritería. De hecho, la confrontación estética del evento literario ha llevado a poner en entredicho el sentido de lo que significa la palabra poema y lo que es la poesía más allá de esa comprensión limitada por el paisaje y las costumbres. Para superar este determinismo etnocultural, Entreletras se ha caracterizado por respaldar el oficio de escritores cercanos a la expresión artística universal. Sin desconocer la particularidad regional ha propugnado por superarla y elevarla a la condición de tema universal, citadino y literario. Y éste ir más allá de lo pueblerino y lo folclórico, muchas veces le ha costado a sus integrantes temerarias confrontaciones con los aúlicos de un folclor ingenuo, sin sentido y a secas.

Ahora bien, en medio de las vicisitudes creativas y promotoras de cultura, Entreletras ha tenido contradictores y detractores. De los contradictores diremos que es propio de la actividad literaria que estos desencuentros se den. Tal vez su origen radique en una doble dirección: primero, como resistencia legítima de otros grupos a ver monopolizadas, ante el estado y el gobierno, las acciones de cultura y la actividad literaria por un sólo grupo en determinada región, pues la literatura comporta fundamentalmente una esencia antihegemónica. La segunda contradicción corresponde al orden e interés estético de la crítica literaria en dirección a la calidad, la expresión, las tendencias, los autores, la tradición, el estilo y las publicaciones de los miembros del grupo o sus participantes; sin embargo esta crítica ha sido débil, pues es muy poco lo que otros grupos tienen que mostrar ante la región y el país. Finalmente, lo detractores no pueden faltar. Tal vez su razón estribe en conflictos de origen desconocido llevados al plano de lo personal. Estas acciones detractoras corresponden a lo que Spinoza llamó las pasiones tristes, entre las cuales la envidia y el resentimiento son las que más afloran. Con todo, detractores y contradictores, Entreletras ha logrado marcar, sin desorientarse, un sendero claro de preocupación por su objeto de ser: la literatura.

Los poetas Rosella Di Paolo (Perú), Humberto A’Kabal (Guatemala) y José María Zonta (Costa Rica) (sentados atrás), acompañados de Jaime Fernández Molano y José Guillermo Moreno, después de un recital en el Encuentro Internacional de Escritores organizado por Entreletras en Villavicencio. Año 1998. (Foto: Constantino Castelblanco)
Entreletras es un grupo, de algún modo, homogéneo, en el sentido de que sus intereses no han sido fugaces y sí más bien se han localizado en la constancia de alcanzar lo que se persigue. La homogeneidad viene dada entonces por la claridad en el deseo de hacer literatura, de acercar el mundo de las letras al público regional. Como contrapeso, la heterogeneidad se localiza en la diversidad de voces que han pasado por sus moldes tipográficos: poetas y escritores de buena estampa y voz, alegres pero descreídos, constantes y arrepentidos, bohemios y burocratizados, precisos en el adjetivo o grandilocuentes, altisonantes con variación rítmica, deleitosos narradores y esforzados estilistas, secos y bruscos analistas, en todo caso, cada uno con su particular don o esfuerzo. Aunque del grupo inicial muchos desertaron, porque su vocación real era otra y no la literatura, vale reconocer la constancia de los que permanecieron entre las letras. A ellos, a los que persistieron en perseguir el signo hasta el fondo, es que se debe Entreletras. Lo demás es tramitomanía y encuentros de ocasión.

Acto de homenaje a los artistas plásticos Manuel Acosta y Andino Abril en la Casa de la Cultura de Villaviencio. En la foto: de izquierda a derecha: Andrés Romero Baltodano (segundo), Manuel Acosta - Macosta, Miguel Ángel Galvis, Jaime Fernández Molano y Andino Abril Hörpel. 
Pero aquí interesa explorar el aporte de Entreletras al mundo de las letras y sujetarse a los hechos. Por consiguiente, lo primero que es necesario decir es que el grupo siempre se ha movido entre los síntomas y patologías basados en los límites creativos. Es decir, pocos en la región se arriesgan a jugársela toda por una buena línea, por un inolvidable giro, por desenvolver un fino hilo argumental. Todos parecen quedar en la prosa de la vida. Sin embargo, tomar la iniciativa de esparcir literatura por la región metense, era ponerse fuera de los dominios convencionales. Los que iniciaron el grupo se quedaron por carácter volitivo en lo que el grueso de la población consideraba un absurdo. Así, entre los límites creativos, sea por falta de talento, vocación, disciplina o formación, Entreletras le apostó a crear condiciones de lectura, escritura y publicación diferentes para jóvenes y viejos, amantes de los libros y las letras. Ésta es su mejor contribución en medio de una cotidianidad que aplasta y vuelve mediocre hasta el clima.

Al lado de la tumba del poeta Julio Daniel Chaparro, el día de su entierro. De izquierda a derecha: Constantino Castelblanco, Jaime Fernández Molano, José Vicente Casadiego León, Francisco Piratoba y Juan Manuel Chaparro. Abril 26 de 1991.
Ahora bien, al intentar comprender el origen y el destino de Entreletras, no hay que buscar solo una identidad cifrada en lo anecdótico y lo circunstancial. Hay que ir más allá del progresivo brillo de sus miembros. Situarse por encima de lo escandaloso o silencioso que pueden ser sus vidas; lo importante es resaltar qué tanto ha incidido su obra en el panorama literario nacional. Y aquí vale señalar que en un medio tan difícil como el colombiano, sin hermandad, tan lleno de pirañas culturales, tan preñado de componendas, trampas, marginamiento, ostracismo y sumisión, el reconocimiento de Entreletras es un hecho en el plano literario nacional. Pero es necesario tener mesura y diligencia para no perder lo alcanzado. La construcción de un sueño dura más que la construcción de una pirámide. De ahí que el esfuerzo por venir será mayor porque el fruto literario es lento. Aquí no se trabaja con modelos fugaces sino con convicciones esenciales, generalmente tercas y difíciles de encausar en el breve designio de tiempo llamado vida. Aquí se trata de confrontar dos hechos singularmente diferentes y esencialmente distanciados: no se pule igual una uña que un verso. Para pulir un verso hay que tener la paciencia de un budista; para la uña, lo postizo basta y está al alcance.

Con el poeta en casa. El maestro Luis Vidales en bata en su casa de Bogotá, en entrevista concedida a Jaime Fernández Molano. Año 1981.
Hasta establecer lo contrario, parece que toda actividad literaria es contra poder y Entreletras ha padecido sus dramas. En una época difícil, en una época de espeluznante enfermedad social, surge el Entreletras en el medio llanero. Aunque toda época por definición es difícil, son las décadas de los ochenta y los noventa, y aún todavía, periodos en Colombia en donde toda forma de hierro se vino a plomo y con violencia sobre las lenguas e ideas de los hombres. La literatura fue la única forma de resistir. Por eso, en un país sin sustancia espiritual, en una región arraigada solo en la estructura y circunstancia monetaria, Entreletras fue firme en propagar la efervescencia literaria como posibilidad de felicidad. En tiempos de desmedida animación violenta, con el asombro que produce la estridencia de la intolerancia, algunos miembros de Entreletras fueron apartados a la fuerza de su personal excursión literaria. Así, la brutalidad alteró sus destinos, más no por ello sus cantos se fugaron. Muchos todavía sienten que sus pasos recorren las callejas del centro de esta historia, de cuya brusquedad, no queremos repetición.

Por ello, al saber que la acción es voluntad, es preferible seguir invitando a la juventud a cantar los himnos literarios desde los resquicios de sus apresuradas existencias e insistir en el sonoro río de la palabra, en donde simbólicamente nos instalamos para vivir humanamente lo que nos corresponde vivir.

Celebrando (algo, pero celebrando siempre) los escritores Francisco Piratoba, Guillermo Martínez González y Julio Daniel Chaparro (con su hijo Daniel Alberto en el canto). 
A lo largo de muchos inviernos y veranos, Entreletras ha invitado a todos aquellos que tienen inclinación y gusto por las letras, a no esquivar su destino literario. Por ello, y dado que a lo único que se puede subordinar la vida es a los sueños, la labor de Entreletras no ha dejado de ser un constante doblegarse ante los sueños para enaltecer la vida misma detrás del rastro de un manuscrito que oculta la intención del artista por expresarse de manera particular. El raro misterio de las cosas gratas siempre deja su testimonio a través de las bocas y manos de los escritores. De este modo, detrás de cada motivo que enlaza la cadena de publicaciones de Entreletras, lo que se expresa en conjunto es una decisión literaria que no titubea frente a la vida común y sin responsabilidades: la publicación es necesaria porque allí la palabra se hace pública para repercutir en los oídos y en la memoria de los hombres. Entreletras ha contribuido a ello casi instigando a tomar la decisión de poner a circular material bibliográfico a cuenta del azote mordaz del respetable, tacaño e indolente público.

Tertulia en el parque Infantil (Villavicencio). En la foto, de izquierda a derecha, entre otros: (atrás) Henry Benjumea Yepes, Alberto Rodríguez Tosca, Lele, Fernando Linero (con la guitarra), Evelio José Rosero y Fernando Camacho (de pie). Adelante: Jhon Fitzgerald Torres Sanmiguel con su esposa, Óscar Aponte Carrizales, Jaime Fernández Molano y Doris Gallego Amaya. (Foto: Cosntantino Castelblanco)
Finalmente, a sabiendas de que en la vida hay que ser dignos de un abrazo, a lo largo de todos estos años, los miembros de Entreletras han hecho méritos para corresponder al afecto. Teniendo en cuenta que la mesura es la medida de nuestra honradez, creo encontrar en las preocupaciones literarias un motivo más que interesante para vivir. Al pensar que la conversación siempre florecerá allí donde haya literatura, no dudo en afirmar que Entreletras ha hecho todo lo posible para que conversemos y sigamos conversando alrededor de lo que nuestros pensamientos nos puedan brindar en esa casa de tres niveles cuyas puertas se abren al destello de la palabra editada.

Villavicencio, 27 de abril de 2011


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