domingo, 18 de noviembre de 2012

Nayib Camacho O. / El destello de la palabra editada

El escritor y filósofo Nayib Camacho presenta su visión sobre esta 'casa de tres niveles' que para él es Entreletras (texto escrito el año anterior con motivo de los 30 años del grupo cultural).



Celebración en medio de poesía y dolor. Mayo de 1991, décimo aniversario de Entreletras, a escasos días del asesinato del poeta del grupo, Julio Daniel Chaparro. En la foto, de izquierda a derecha, sentados: Héctor Julio Chaparro Mesa, Arturo Guerrero, Jaime Fernández Molano -seguido del presidente de Reporteros Sin Fronteras (periodista francés)-, y Miguel Ortiz Castillo. De pie: el presidente del Colegio Nacional de Periodistas. (Foto: Constantino Castelblanco)
Son treinta años de actividad entre las letras los que cumple Entreletras. La actividad que desde los años ochenta viene realizando este grupo literario en el espectro de la ciudad y del país, se localiza en una casa con tres niveles: uno editorial, otro propiamente literario, y finalmente uno de índole cultural muy amplia.

En relación con el primer nivel, se trata de la primera editorial de la región que se aventuró a pensar la posibilidad de editar algo diferente al costumbrismo habitual. La voz inicial de quienes conformaban el grupo, quiso ir más allá de los recitadores y copleros. De ahí que dieran a entender que no bastaba con el deseo de proclamarse amantes de la poesía o de la literatura, sino que era necesario hacer evidente la creación propia, novedosa y de paso, defenderla. De esta manera, sus primeras cartillas expresaron el legítimo deseo publicitario de todo poeta de dar a conocer, mediante textos visibles, aquello que su sentimiento expresa. Creo que fue en este contexto en el que las voces juveniles de aquel entonces pactaron la idea de publicar su obra y la de sus cómplices, en una constante intervención editorial que hoy llega a completar un interesante catálogo compuesto por textos de poesía, novelas, ensayos, antologías, diccionarios, cuentos y periodismo.

Entreletros en la XV Feria Internacional del Libro de Bogotá (mayo de 2002). De izquierda a derecha: Nayib Camacho, Darío Ortega Hernández, Francisco Piratoba, Isaías Peña Gutiérrez, Jaime Fernández Molano, Angélica María Guerrero, Jhon Fitzgerald Torres Sanmiguel (acurrucado), José Vicente Casadiego León, Nubia Suárez, Nancy Moreno y Sara Cortés Sandino. (Foto: Constantino Castelblanco)
En el segundo nivel, es decir, en el trabajo de descubrimiento, reconocimiento y formación literarios, Entreletras ha actuado como reto e impulso, para que autores regionales se reconozcan como escritores y desde esta posición, en algunos casos, alcanzar reconocimiento nacional. Desde sus orígenes, Entreletras se convirtió en un ente promotor de libros, autores y eventos relacionados con la literatura y la cultura en un medio adverso y a veces ajeno a la expresión literaria. De su labor continua han surgido recitales, concursos, festivales, talleres, ediciones, publicaciones, visita de reconocidos autores nacionales y extranjeros, participación en ferias del libro y promoción de lectura. Su larga colección de títulos da cuenta de una muy variada gama de autores, estilos, intenciones y propuestas literarias.


El tercer nivel, que corresponde en términos generales al fomento de hechos de cultura, Entreletras ha englobado acciones tendientes a favorecer la divulgación de diversas formas de expresión cultural conectadas sutilmente con la literatura. Tal es el caso del impulso a esferas como la pintura, la música, el cine, la fotografía y otras expresiones artísticas.

Julio Daniel Chaparro y Jaime Fernández Molano con un ejemplar de la revista Entreletras. Vereda Barcelona, Villavicencio, año 1986 (Foto: Constantino Castelblanco)
A lo largo de esta treintena, Entreletras ha buscado proyectar la región más allá de los imaginarios externos que reducen el ámbito llanero a un asunto de caballos y gritería. De hecho, la confrontación estética del evento literario ha llevado a poner en entredicho el sentido de lo que significa la palabra poema y lo que es la poesía más allá de esa comprensión limitada por el paisaje y las costumbres. Para superar este determinismo etnocultural, Entreletras se ha caracterizado por respaldar el oficio de escritores cercanos a la expresión artística universal. Sin desconocer la particularidad regional ha propugnado por superarla y elevarla a la condición de tema universal, citadino y literario. Y éste ir más allá de lo pueblerino y lo folclórico, muchas veces le ha costado a sus integrantes temerarias confrontaciones con los aúlicos de un folclor ingenuo, sin sentido y a secas.

Ahora bien, en medio de las vicisitudes creativas y promotoras de cultura, Entreletras ha tenido contradictores y detractores. De los contradictores diremos que es propio de la actividad literaria que estos desencuentros se den. Tal vez su origen radique en una doble dirección: primero, como resistencia legítima de otros grupos a ver monopolizadas, ante el estado y el gobierno, las acciones de cultura y la actividad literaria por un sólo grupo en determinada región, pues la literatura comporta fundamentalmente una esencia antihegemónica. La segunda contradicción corresponde al orden e interés estético de la crítica literaria en dirección a la calidad, la expresión, las tendencias, los autores, la tradición, el estilo y las publicaciones de los miembros del grupo o sus participantes; sin embargo esta crítica ha sido débil, pues es muy poco lo que otros grupos tienen que mostrar ante la región y el país. Finalmente, lo detractores no pueden faltar. Tal vez su razón estribe en conflictos de origen desconocido llevados al plano de lo personal. Estas acciones detractoras corresponden a lo que Spinoza llamó las pasiones tristes, entre las cuales la envidia y el resentimiento son las que más afloran. Con todo, detractores y contradictores, Entreletras ha logrado marcar, sin desorientarse, un sendero claro de preocupación por su objeto de ser: la literatura.

Los poetas Rosella Di Paolo (Perú), Humberto A’Kabal (Guatemala) y José María Zonta (Costa Rica) (sentados atrás), acompañados de Jaime Fernández Molano y José Guillermo Moreno, después de un recital en el Encuentro Internacional de Escritores organizado por Entreletras en Villavicencio. Año 1998. (Foto: Constantino Castelblanco)
Entreletras es un grupo, de algún modo, homogéneo, en el sentido de que sus intereses no han sido fugaces y sí más bien se han localizado en la constancia de alcanzar lo que se persigue. La homogeneidad viene dada entonces por la claridad en el deseo de hacer literatura, de acercar el mundo de las letras al público regional. Como contrapeso, la heterogeneidad se localiza en la diversidad de voces que han pasado por sus moldes tipográficos: poetas y escritores de buena estampa y voz, alegres pero descreídos, constantes y arrepentidos, bohemios y burocratizados, precisos en el adjetivo o grandilocuentes, altisonantes con variación rítmica, deleitosos narradores y esforzados estilistas, secos y bruscos analistas, en todo caso, cada uno con su particular don o esfuerzo. Aunque del grupo inicial muchos desertaron, porque su vocación real era otra y no la literatura, vale reconocer la constancia de los que permanecieron entre las letras. A ellos, a los que persistieron en perseguir el signo hasta el fondo, es que se debe Entreletras. Lo demás es tramitomanía y encuentros de ocasión.

Acto de homenaje a los artistas plásticos Manuel Acosta y Andino Abril en la Casa de la Cultura de Villaviencio. En la foto: de izquierda a derecha: Andrés Romero Baltodano (segundo), Manuel Acosta - Macosta, Miguel Ángel Galvis, Jaime Fernández Molano y Andino Abril Hörpel. 
Pero aquí interesa explorar el aporte de Entreletras al mundo de las letras y sujetarse a los hechos. Por consiguiente, lo primero que es necesario decir es que el grupo siempre se ha movido entre los síntomas y patologías basados en los límites creativos. Es decir, pocos en la región se arriesgan a jugársela toda por una buena línea, por un inolvidable giro, por desenvolver un fino hilo argumental. Todos parecen quedar en la prosa de la vida. Sin embargo, tomar la iniciativa de esparcir literatura por la región metense, era ponerse fuera de los dominios convencionales. Los que iniciaron el grupo se quedaron por carácter volitivo en lo que el grueso de la población consideraba un absurdo. Así, entre los límites creativos, sea por falta de talento, vocación, disciplina o formación, Entreletras le apostó a crear condiciones de lectura, escritura y publicación diferentes para jóvenes y viejos, amantes de los libros y las letras. Ésta es su mejor contribución en medio de una cotidianidad que aplasta y vuelve mediocre hasta el clima.

Al lado de la tumba del poeta Julio Daniel Chaparro, el día de su entierro. De izquierda a derecha: Constantino Castelblanco, Jaime Fernández Molano, José Vicente Casadiego León, Francisco Piratoba y Juan Manuel Chaparro. Abril 26 de 1991.
Ahora bien, al intentar comprender el origen y el destino de Entreletras, no hay que buscar solo una identidad cifrada en lo anecdótico y lo circunstancial. Hay que ir más allá del progresivo brillo de sus miembros. Situarse por encima de lo escandaloso o silencioso que pueden ser sus vidas; lo importante es resaltar qué tanto ha incidido su obra en el panorama literario nacional. Y aquí vale señalar que en un medio tan difícil como el colombiano, sin hermandad, tan lleno de pirañas culturales, tan preñado de componendas, trampas, marginamiento, ostracismo y sumisión, el reconocimiento de Entreletras es un hecho en el plano literario nacional. Pero es necesario tener mesura y diligencia para no perder lo alcanzado. La construcción de un sueño dura más que la construcción de una pirámide. De ahí que el esfuerzo por venir será mayor porque el fruto literario es lento. Aquí no se trabaja con modelos fugaces sino con convicciones esenciales, generalmente tercas y difíciles de encausar en el breve designio de tiempo llamado vida. Aquí se trata de confrontar dos hechos singularmente diferentes y esencialmente distanciados: no se pule igual una uña que un verso. Para pulir un verso hay que tener la paciencia de un budista; para la uña, lo postizo basta y está al alcance.

Con el poeta en casa. El maestro Luis Vidales en bata en su casa de Bogotá, en entrevista concedida a Jaime Fernández Molano. Año 1981.
Hasta establecer lo contrario, parece que toda actividad literaria es contra poder y Entreletras ha padecido sus dramas. En una época difícil, en una época de espeluznante enfermedad social, surge el Entreletras en el medio llanero. Aunque toda época por definición es difícil, son las décadas de los ochenta y los noventa, y aún todavía, periodos en Colombia en donde toda forma de hierro se vino a plomo y con violencia sobre las lenguas e ideas de los hombres. La literatura fue la única forma de resistir. Por eso, en un país sin sustancia espiritual, en una región arraigada solo en la estructura y circunstancia monetaria, Entreletras fue firme en propagar la efervescencia literaria como posibilidad de felicidad. En tiempos de desmedida animación violenta, con el asombro que produce la estridencia de la intolerancia, algunos miembros de Entreletras fueron apartados a la fuerza de su personal excursión literaria. Así, la brutalidad alteró sus destinos, más no por ello sus cantos se fugaron. Muchos todavía sienten que sus pasos recorren las callejas del centro de esta historia, de cuya brusquedad, no queremos repetición.

Por ello, al saber que la acción es voluntad, es preferible seguir invitando a la juventud a cantar los himnos literarios desde los resquicios de sus apresuradas existencias e insistir en el sonoro río de la palabra, en donde simbólicamente nos instalamos para vivir humanamente lo que nos corresponde vivir.

Celebrando (algo, pero celebrando siempre) los escritores Francisco Piratoba, Guillermo Martínez González y Julio Daniel Chaparro (con su hijo Daniel Alberto en el canto). 
A lo largo de muchos inviernos y veranos, Entreletras ha invitado a todos aquellos que tienen inclinación y gusto por las letras, a no esquivar su destino literario. Por ello, y dado que a lo único que se puede subordinar la vida es a los sueños, la labor de Entreletras no ha dejado de ser un constante doblegarse ante los sueños para enaltecer la vida misma detrás del rastro de un manuscrito que oculta la intención del artista por expresarse de manera particular. El raro misterio de las cosas gratas siempre deja su testimonio a través de las bocas y manos de los escritores. De este modo, detrás de cada motivo que enlaza la cadena de publicaciones de Entreletras, lo que se expresa en conjunto es una decisión literaria que no titubea frente a la vida común y sin responsabilidades: la publicación es necesaria porque allí la palabra se hace pública para repercutir en los oídos y en la memoria de los hombres. Entreletras ha contribuido a ello casi instigando a tomar la decisión de poner a circular material bibliográfico a cuenta del azote mordaz del respetable, tacaño e indolente público.

Tertulia en el parque Infantil (Villavicencio). En la foto, de izquierda a derecha, entre otros: (atrás) Henry Benjumea Yepes, Alberto Rodríguez Tosca, Lele, Fernando Linero (con la guitarra), Evelio José Rosero y Fernando Camacho (de pie). Adelante: Jhon Fitzgerald Torres Sanmiguel con su esposa, Óscar Aponte Carrizales, Jaime Fernández Molano y Doris Gallego Amaya. (Foto: Cosntantino Castelblanco)
Finalmente, a sabiendas de que en la vida hay que ser dignos de un abrazo, a lo largo de todos estos años, los miembros de Entreletras han hecho méritos para corresponder al afecto. Teniendo en cuenta que la mesura es la medida de nuestra honradez, creo encontrar en las preocupaciones literarias un motivo más que interesante para vivir. Al pensar que la conversación siempre florecerá allí donde haya literatura, no dudo en afirmar que Entreletras ha hecho todo lo posible para que conversemos y sigamos conversando alrededor de lo que nuestros pensamientos nos puedan brindar en esa casa de tres niveles cuyas puertas se abren al destello de la palabra editada.

Villavicencio, 27 de abril de 2011


sábado, 3 de noviembre de 2012

Isaías Peña Gutiérrez / Entreletras y entresoles

A propósito de los orígenes de Entreletras (fundada el 4 de abril de 1981 en Villavicencio, Colombia), el maestro Isaías Peña Gutiérrez escribió -el año pasado, en la celebración de los treinta años de la Corporación- este texto. (Fotos: Constantino Castelblanco y archivo particular). 


             De pronto, se cumplieron los primeros 30 años de ver salir el sol con los viejos y con los nuevos amigos. Y nadie se dio cuenta del transcurrir de los años porque, como en Luvina, el tiempo se pareció a la eternidad y nadie contó ni las entradas, ni las salidas del sol. Simplemente, éramos como soles: así lo dijo el poeta que hace 20 años regresó a la tercera orilla del horizonte, a reunirse con todos los sabios que desde Yurupary entran por la llanura hasta el oriente, se encuentran con la luz redonda, y con sus mujeres entonan la música prohibida.

Algunos de los primeros entreletros. De izquierda a derecha: Agustín Murcia,
Julio Daniel Chaparro, Francisco Piratoba, Clara López, Armando Carrillo, Andrés Romero Baltodano,
Manuel Acosta y Jaime Fernández Molano.
              Tal vez, por eso me han pedido que cuente, de nuevo, que a principios de la década del 80, cuando ya habían pasado el rock’and roll y la primera salsa, cuando ya habían muerto el Che y Camilo y sus huesos se habían convertido en palmeras gigantescas, cuando aún no habían muerto, sin el premio Nobel, algunos de nuestros profetas mayores, como Juan Rulfo, Julio Cortázar y Jorge Luis Borges, un grupo de muchachos –y otros que lo eran de espíritu- se reunieron en la capital del Meta con el fin de convenir secretos y no pasajeros proyectos culturales. Allí estuvieron: Jaime Fernández, Carlos Augusto Gil, Manuel Acosta, Silvia Aponte, Francisco Piratoba, Vicente Casadiego, Melco Fernández, Julio Daniel Chaparro, Wilson Ladino Orjuela, y otros que pronto se sumaron sin dudarlo, como el pintor Rafael Campos Anaya, el sociólogo y fotógrafo Constantino Castelblanco, Miguel Ángel Galvis, Martha Lucía Montañés, Diego Zabala, Nubia Suárez, Andrés Romero, Agustín Murcia, el maestro Isaac Tacha. En las siguientes décadas apoyaron y se sumaron al proceso cultural del Grupo Cultural Entreletras, hoy transformado en la Corporación Cultural Entreletras, convertida así en la más antigua y visible organización cultural del país, otros intelectuales, entre otros, el historiador, filósofo y escritor Henry Benjumea Yepes, director de los talleres de Entreletras hasta 2010, la poeta Olga Malaver, Nayib Camacho –nuevo director de los talleres-, la historiadora Nancy Espinel, los pintores Óscar Aponte y Luis Miguel Ortiz, los músicos Luis Guillermo Córdoba, Clarita Sánchez y Carlos Flórez. Y a ellos, hoy se suman los escritores egresados o generados a partir del remezón provocado desde entonces, me refiero a nombres comoJorge Omar Hurtado, Paloma Bahamón, Mario Hernández, Eduardo Espinel, Angélica María Guerrero, José Gregorio Villamil y Apolinar Beltrán.

Primeras conferencias en el Banco de la República.
Jaime Fernández Molano, Isaías Peña Gutiérrez y Julio Daniel Chaparro.
            Del Llano sabíamos, a comienzos del 80, que por allí comenzaba siempre el día del país, que desde allá nos mandaban las reses para quienes vivíamos en la capital, o que el paisaje de la llanura eterna había entusiasmado, incluso, a José Eustasio Rivera para escribir la mejor novela colombiana de todos los tiempos. Y ahora comenzaban a llegar noticias preocupantes: ese grupo de muchachos, sin linderos ideológicos excluyentes, sin banderas sectarias, sin patrimonios políticos mal habidos, sin preocupaciones proselitistas, le proponían a los Llanos Orientales –y lo más grave-, al país entero, que ellos también pertenecían a una cultura colombiana que ellos habían ayudado a fundar desde el siglo pasado.
           La posición, desde entonces, no fue fácil. Alejarse del monopolio partidista, tradicional o revolucionario, como nos había sucedido hasta la década del 80, significaba algo así como plegarse a la línea más fácil del momento; y se podía correr el riesgo de la apatía política generada por un cuarto de siglo de Frente Nacional. Pero entenderlo, fue anticiparse a la gran revolución de finales de siglo, donde la pluralidad de criterios y de sistemas parecen regir el pensamiento político.

Academia, poesía y rumba. Después de un recital, celebrando. De izquierda a derecha, entre otros,
Manuel Acosta, Alex Machado, Henry López, José Vicente Casadiego (de pie, botella en mano) ,
Melco Fernández, Julio Daniel Chaparro, Julio Ardila, Héctor Julio Chaparro, Mario Eduardo Rey,
Alicia Acuña, Piedad Díaz y Jaime Fernández Molano. 
         Lo cual no alteró en ningún momento la naturaleza reivindicativa del grupo, ni sus sentimientos de solidaridad con una cultura y un pueblo tan ricos como olvidados en el contexto nacional de aquella época. Y fue tan cierto esto que, con los años, sus publicaciones y sus actividades en defensa de la región, de las etnias aborígenes, de la riqueza ecológica, de la abundancia folclórica y literaria, revertió de manera admirable. Fue el tizón que sublevó las llamas, que llegó a las dependencias del Banco de la República, de la Casa de la Cultura Jorge Eliécer Gaitán, incluso de la Universidad de los Llanos.

Recital en la Casa de la Cultura de Villaviencio. De izquierda a derecha: Andrés Romero Baltodano, Agustín Murcia, Jaime Fernández Molano, Julio Daniel Chaparro, Armando Carrillo y Silvia Aponte.
            Pero, además de su extraordinaria pluralidad ideológica y de la defensa de la región en toda su extensión, Entreletras encarnaba otra propuesta novedosa y de cuidadoso manejo. No se trataba de volver a la defensa ingenua de la parroquia; no se trataba de enfrascarse en los regionalismos de siempre, ni de cederle terreno a la mediocridad que anida en el chauvinismo. Y mucho menos de llegar al populismo que se atrinchera en el aislamiento y en la defensa a ultranza de lo popular. Porque no se trataba de retratar con ojos cansados el sol del paisaje llanero. No. Ahora ellos querían coger el sol con las manos, porque ellos mismos, al decir del poeta que hoy recordamos -después de 20 años de la infamia impune-, eran como soles. Se trataba, en cambio, de abandonar los complejos frente a la capital, frente a esa ciudad que, por entonces, a tres horas de mala carretera, siempre se había alimentado del Llano y jamás le había dado la mano, quizás porque nunca se la habían pedido. Eso pidieron, entonces, los muchachos. Se bajaron del caballo mientras entraban a la modernidad; pero no olvidaron los relinchos que en el alma sientan cátedra de esbeltez y dignidad. Por eso, pronto se integraron al país, e integraron el país al Llano.

Entreletras en imprenta. Jaime Fernández Molano y
Julio Daniel Chaparro, pendientes de la edición de
la revista, en el taller de editorial Cervantes.
            Esto se demuestra repasando uno de sus diversos medios de expresión, creado y sostenido durante una década dura para la cultura colombiana, en la que los suplementos literarios del país se olvidaron de la poesía y de la literatura en general. Me refiero a la revista Entreletras.
            Sin mendigarle al Estado, sin alejarse del Estado, con una actitud de inmenso respeto individual, les pidieron a las entidades públicas y privadas el apoyo necesario. Y creando conciencia en las distintas dependencias o instituciones administrativas de Villavicencio, vinculables a la cultura, el grupo de “entreletros”, como cariñosamente se les llegó a decir, removió los cimientos literarios y artísticos de una zona del país que había permanecido largas décadas inane y casi ausente del desarrollo cultural del país. Muchas puertas se abrieron; muchas ventanas se cerraron. Pero ellos siguieron creciendo mientras aprendían a abrir puertas y ventanas.
El maestro Luis Vidales (centro), en un evento de
Entreletras, acompañado por Pedro Nel Jiménez Restrepo
y Manuel Acosta.
            En tres décadas –quién iba a creer que sol durara tanto- el balance es satisfactorio e, inmensamente, significativo. Y no pienso que esto equivalga a un parte de victoria, porque no se trata de una velada en el circo romano o en alguna de las pequeñas guerras inventadas por el imperio desde entonces. Sólo que Entreletras, a veces con apoyo público o privado, o con las uñas mismas, llevaron el país al Llano y muchos de ellos remontaron la cordillera para reconquistar el país. Cuando las giras del programa de “Un país que sueña”, ellos se tomaron varias ciudades para ellos remotas; y, ¿cuántos, entonces, no visitamos aquella hermosa cabecera del Llano que es Villavicencio?

Lectura en quinto aniversario de Entreletras. De izquierda a derecha: Behur Sánchez, Julio Daniel Chaparro,
Triunfo Arciniegas y Jaime Fernández Molano (abril de 1986).
            Aquella revista, homónima del grupo Entreletras, nació el 4 de abril de 1981. Y principió con el título de Taller Literario Entreletras. Es que si por algo recordaremos la década del 80, aún para los incrédulos de aquellos años, es porque desde entonces el país cultural, por fin, permitió la creación y desarrollo de los talleres literarios. Dejaron de ser un mito para convertirse en un instrumento de apoyo literario. Y, sobre todo, de aglutinante o catalizador literario. El peso sectario y ciego de la década del 70, que le endilgó a los talleres motes o propiedades políticas partidistas, retrasó el ingreso de los mismos en la juventud colombiana. Hasta en eso, Entreletras superó y se plegó al futuro con mayor fortuna que otras ciudades colombianas. Su grupo trabajó en los primeros años como un taller, y su revista se convirtió –como en ningún otro caso- en el instrumento esencial del mismo. Con la advertencia de que en el caso de Entreletras, sirvió no sólo a sus integrantes, sino al país entero.


Juan Manuel Roca en recital con Julio Daniel Chaparro y Jaime Fernández.
Banco de la República de Villavicencio
En sus páginas –decorosas, sencillas, mecanografiadas en sus primeros tres números y luego impresas en adelante hasta el crecido y elegante número 18/19 de 1989-, aparecieron las primeras producciones de jóvenes escritores, como las de sus fundadores ya citados, más las de otros, como Julio Daniel Chaparro, Norma Estupiñán, Ernesto Orjuela, Nancy Ángel Devia, Isaac Ortizar, Francisco Piratoba, Andrés Romero, Germán Rodríguez, Julio Ardila, Alberto Lozano Pinzón, Armando Carrillo; pero, también, ocuparon sus páginas escritores colombianos como Luis Vidales, Jaime Mejía Duque, Manuel Zapata Olivella, José Luis Díaz Granados, Eutiquio Leal, Germán Pardo García, Amparo Inés Osorio, Álvaro Miranda, Rafael del Castillo, Armando Rodríguez Ballesteros. Fundamentales fueron las entrevistas que Jaime Fernández, cofundador y luego director indispensable del proyecto, publicó con grandes personajes de la cultura colombiana. No hay dudas de que la mejor entrevista realizada con Daniel Samper Pizano se la debemos a Jaime Fernández, y como esa tenemos las de Germán Espinosa, Manuel Zapata Olivella, Jaime Santos, Álvaro Salom Becerra e Isaac Tacha. De otro lado, la carátula de Entreletras representó, en esos 10 años, el arte nacional y regional. En ella participaron artistas como Olivia Miranda, Benhur Sánchez, el desaparecido Rafael Campos Anaya, nuestro internacional caricaturista Naide, Andino Abril, el maestro Manuel Acosta, y el consagrado fotógrafo del llano, Constantino Castelblanco.


Los del taller . Grupo de alumnos del taller de escritores de la Corporación. En la foto, entre otros, (de pie): Jaime Fernández Molano (director taller niños), Paloma Bahamón, Henry Benjumea Yepes (director taller jóvenes), Doris Gallego, José Vicente Casadiego, Enrique Torres, Jorge Edilberto López, Ernesto Orjuela - Guarataro, Freddy Mateus, Constantino Castelblanco y Angélica María Guerrero. (Sentados): Guillermo Linero Montes (director taller adultos) y la niña Nicole Fernández, entre otros. (Escuela Normal Nacional, sede del taller, Villavicencio, 2001.
           Entreletras, como revista, en fin, no solo superó la barrera del número 1 al 5, límite en el que casi siempre perecen las revistas colombianas (porque ella nació cuando aparecían, por ejemplo, Escarabajo en Barranquilla, Punto Seguido en Medellín, Gato Encerradoen Bogotá, Termita en Armenia, Luna de arena en Ibagué, Zumo-Sumoen Bogotá, y de las cuales solo sobrevivieron Puesto de Combate, dirigida por Milcíades Arévalo, en Bogotá y El Túnel, bajo la dirección de José Luis Garcés González, en Montería), sino que convocó y llevó a cabo con éxito concursos, como el de poesía y cuento de 1982, ganados, respectivamente, por José Luis Díaz Granados y Juan Carlos Moyano; que en el no.12, de abril de 1983, incluyó con increíble intuición, pues aún no llegaba a la inmensa difusión de hoy, 30 años después, una muestra de cuento corto colombiano con los siguientes nombres: Evelio José Rosero, Luis Darío Bernal Pinilla, Eutiquio Leal, Luis Páez Barraza, Juan Carlos Moyano, Harold Kremer y Henry Canizales; que ha sostenido la defensa de las etnias aborígenes en ensayos de fondo como el de Helena Pradilla y Francisco Salazar en los últimos números.

Acto en homenaje a Julio Ardila y Héctor Julio Chaparro. De izquierda a derecha :
Jaime Fernández Molano, Julio Ardila, Miguel Ángel Galvis, Héctor Julio Chaparro y Julio Daniel Chaparro.
           Es en Entreletras (dispénsenme el tono de tristeza con que lo digo, pero si por algo me he caracterizado es por creer y apoyar en vida, y no después de muertos, a los jóvenes que nacen a la literatura y al arte), repito, es en la revista Entreletras, donde, quienes sólo con su desaparición física descubrieron al inmenso poeta Julio Daniel Chaparro, tienen que rastrear el camino literario que en diez años recorrió de manera acelerada –porque nadie como él previó la muerte.
            A la postre, el grupo Entreletras sobrepasó las finalidades de un taller literario y se convirtió en un generador de ideas y de prácticas culturales que cundieron en el Meta y se expandieron al país.
Por eso, en 1984, inauguraron un proyecto editorial que sacó adelante la primera novela de Evelio José Rosero, Mateo solo, hoy, 30 años después, convertida en una publicación premonitoria de sus éxitos internacionales en México, España e Inglaterra, y el primer libro de poemas de Julio Daniel Chaparro, …Y éramos como soles. Un fondo editorial que hoy, 30 años después, supera, en muchos casos, a otros fondos editoriales, universitarios o institucionales, que fracasaron o permanecen con muy baja producción. Basta saber que hasta el momento han aparecido más de medio centenar de títulos que cubren distintos géneros literarios y de las ciencias sociales, que le dieron luz verde a autores de la región, como paso inicial de su ingreso a las letras nacionales. Con sólo haber llegado a esta meta, ya Entreletras es digna del reconocimiento y del saludo entusiasta del país entero. 

Evento en el Banco de la República de Villavicencio. De izquierda a derecha: Julio Daniel Chaparro, Miguel Ángel Galvis, Jaime Fernández Molano y Guillermo Martínez González. (abril de 1986).


También, manejaron programas radiales como “Ateneo”, “Fin de semana” o “Viernes cultural”, en Villavicencio, con una incidencia cultural protuberante. Realizaron dos sono-visos de alta calidad artística, primero, “El Llano, visión poética de nuestra tierra”, con textos y voz de Julio Daniel, fotografía de Constantino Castelblanco, música del genio del cuatro, Isaac Tacha –quien hizo llorar a Borges-, y otros compositores llaneros, y luego, “Campos Anaya, un sueño atormentado”, en homenaje al pintor que pronto se había ido.


En el año 2000 en una de tantas celebraciones. En la foto, los entreletros acompañados de otros gestores y artistas. Atrás, de izquierda a derecha: Doris Gallego, Martha Lucía Montañés, Julio Ardila, Nicole Fernández, Yamile Cepeda, Miguel Roa, Isaac Tacha y Gladier Charry de García.  Adelante, de izquierda a derecha, entre otros: Jaime Fernández Molano, Óscar Aponte, Wenseslao Suescún, Jorge Sánchez, José Vicente Casadiego y Nancy Moreno.

La labor de la hoy Corporación Cultural Entreletras no puede resumirse en tan pocas cuartillas, porque sus integrantes, con su incansable poeta y narrador, Jaime Fernández, a la cabeza, han sido el motor de la cultura en el Meta y Colombia. Encuentros, congresos, festivales, concursos, celebraciones folclóricas, seminarios, talleres, conciertos, foros, presentaciones musicales, exposiciones, regionales, nacionales o internacionales, que exigieron la reciprocidad entre la región y la nación colombianas, con enriquecimientos para ambas partes, son el mejor testimonio de estos 30 años de goce cultural. Entreletras siempre ha estado presente en la Feria Internacional del Libro de Bogotá y fue cofundadora de la Red Nacional de Talleres, con sede en Bogotá.
            Como lo dije hace 20 años, no caben tantas lunas en la garganta, ni tantos soles en el pecho. La luz todavía es nuestra, y Entreletras y entreletros y entresoles, con la alegría de nuestros muertos, y con la música que viene del oriente, seguiremos pecando.

(Bogotá, 28 de abril de 2011)

Primer año sin Julio Daniel. En el primer aniversario del asesinato de Julio Daniel Chaparro (abril 24 de 1992), el combo de Entreletras recibió la visita de sus escritores amigos de diversas ciudades del país. La foto fue tomada (por Constantino Castelblanco) en el cementerio, al lado de la tumba del poeta y de su árbol ávido. De izquierda a derecha  (entre otros)de pie, Héctor Julio Chaparro (padre de Julio Daniel), Armando Rodríguez Ballesteros, Rolando Chaparro, Mauricio Contreras, Antonio Silvera y Jaime Fernández Molano. Sentados: Guillermo Linero Montes, Evelio Rosero Diago, Nubia Cubillos y Rafael Del castillo Matamoros.



viernes, 2 de noviembre de 2012

Castilla La Nueva gana Festival Departamental de Teatro


Grupo de la Vereda San Lorenzo de Castilla La Nueva,
gana el XI Festival Departamental de Teatro Estudiantil


Con la puesta en escena de la obra Evolución, el grupo de teatro de la vereda San Lorenzo, municipio de Castilla La Nueva, ganó la undécima versión del Festival Departamental de Teatro Estudiantil, organizado por el Colegio Departamental La Esperanza de Villavicencio.

La obra Evolución logró conjugar la danza, el teatro y la plástica en una sola puesta en escena que impactó a público y jurado.

Esta creación del director de teatro Orlando Peña Rodríguez, producida y actuada por niños y jóvenes estudiantes de la Institución Educativa San Lorenzo, fue seleccionada como la mejor propuesta por un jurado proveniente de Bogotá, entre una veintena de grupos de Villavicencio y de diversos municipios del Meta.
De igual forma, el maestro en artes escénicas Orlando Peña Rodríguez fue elegido como el mejor director del Festival.

La joven Bárbara Ladino y el niño Andrés Felipe Domínguez protagonizaron la obra.
El montaje, que según el jurado calificador logró conjugar el teatro, la danza y la plástica, además de plantear la dualidad del ser humano, fue una apuesta que el director propuso y que los estudiantes del taller asimilaron y sintieron como parte de su realidad, pues la obra profundiza sobre el conflicto entre el derecho a tener un medio ambiente sano y el desafuero del ser humano frente al tema.
El secreto al momento de la presentación, fue que los niños y jóvenes del elenco (trece en total) entendieron que el teatro ante todo es juego y así lo plantearon en la escena y lo entendieron los asistentes que con sus aplausos y sus gestos de beneplácito lo ratificaron.

La dualidad del ser humano frente al medio ambiente y al fuego de su propio espíritu
La puesta en escena es el resultado de los talleres de teatro que desarrolla en Castilla La Nueva la Corporación Cultural Entreletras, como parte del proyecto de formación cultural en diferentes áreas artísticas y folclóricas que se realiza en los sectores rural y urbano de este municipio, bajo el auspicio de la Alcaldía Municipal.

El hombre como víctima de su propio invento
Es importante señalar que ésta era la primera participación del sector rural de Castilla La Nueva en el certamen teatral, que contó con el pleno respaldo de la Alcaldía Municipal, que orienta el ingeniero Édgar Fernando Amézquita Herrera.

El ritual de la destrucción

Con ello se demostró una vez más al departamento del Meta que el talento de niños, niñas y jóvenes de este importante municipio, estimulado con hechos concretos desde la administración y dirigido con idoneidad, puede escalar los peldaños más altos del arte y la cultura regional.

Plasticidad,  filosofía y simbología del fuego en escena