domingo, 10 de abril de 2011

Constantino, El Grande / Jaime Fernández Molano

Vaqueros iniciando la jornada (Llanos del Orinoco)
Foto: Constantino Castelblanco

Constantino, El Grande
Por Jaime Fernández Molano

       Esos domadores del destino que miden su fuerza y dejan claro quién manda sobre el horizonte mientras sacuden una res o aprietan bajo sus muslos la vida misma de su potranco; esos llaneros recios nacidos en medio de un corral sin límites que se extiende hasta el Orinoco, han sido inmortalizados en una serie de instantes que trasciende cualquier óptica normal: la lente de Constantino Castelblanco, el fotógrafo más grande de los llanos. Y uno de los más importantes de Colombia.
Este artista, nacido en medio de las montañas de Nuevo Colón, Boyacá, en la década de los cincuenta, y que hace treinta años exactos decidió que su destino estaba trazado en las planicies de este territorio, llegó a la fotografía por la necesidad de expresar ese volcán de sensibilidades encontradas que no pudo hallar en la escritura ni en la pintura. Decidió entonces que la respuesta estaba detrás de la lente de su Canon AE1.
Un par de años más tarde, y cuando en su haber tenía ya miles de fotografías guardadas en los cajones de su escritorio de gerente extraviado en negocios ajenos a su destino, se encontró con un grupo de soñadores que no tardó en descubrir lo que sería una verdadera mina de las artes visuales en la región.
Casi obligado, comenzó a mostrar con timidez esa fantasía estética que habitaba en sus diapositivas. No tardó entonces en presentar en sociedad sus creaciones. Vinieron así los primeros sonovisos y luego sus exposiciones en Bogotá, Villavicencio y otras ciudades de Colombia. Y con ellas el éxito y los merecidos reconocimientos de los ojos del país y de los expertos del mundo.
Disparado por esa avalancha de elogios, acompañados de los primeros premios y menciones nacionales e internacionales, de la aparición de sus fotografías en grandes libros de lujo y en innumerables publicaciones, Constantino continuó demostrando con su trabajo, disciplina y esfuerzo técnico, que su talento estaba a la altura de las expectativas creadas alrededor de su nombre.
Depuró su técnica, tanto en blanco y negro como en color, y a la vez consolidó la temática que atraviesa la totalidad de su obra: el hombre y la naturaleza.
Algo fundamental en la obra de Constantino ha sido la permanente experimentación, la búsqueda de nuevos espacios, de nuevos territorios, la exploración de otros lenguajes estéticos en medio de ese mundo infinito que es para él la fotografía.
Tal vez radica ahí la clave de su genio y de su permanente crecimiento como artista, porque nunca está completamente satisfecho.
Y gracias a ese trabajo, los ojos del país y del mundo han podido disfrutar bajo el lenguaje de su estética, el sabor de la nostalgia en una mirada cerrera, el oculto deseo de una flor silvestre y el olor de las extenuantes jornadas sabaneras.
Pero más allá del maestro, del artista de primer orden en que se ha convertido ante la mirada de los expertos de aquí y de allá, de dentro y de fuera de todas las fronteras, (recordemos que fue seleccionado por la FIAP para participar por Colombia en la Novena Bienal de Naturaleza en Francia, y que el Museo de Arte Moderno lo seleccionó como uno de los fotógrafos más importantes de Colombia en la segunda mitad del siglo XX); más allá, repito, está el Constantino aún más interesante: ese que ha logrado estar por encima del bien y del mal, que así deba trajinar a diario desperdiciado en las tomas de cajón que ordena la publicidad política oficial mal pagada para asegurar la sobrevivencia y la cotidianidad, funge en verdad como el hombre descomplicado, el amigo de siempre, el creador permanente y obsesivo con la perfección –en su oficio y en su vida–.
Y esa grandeza profesional y personal le alcanza para seguir abrazando amaneceres, permeando –hasta el último suspiro y el más pequeño microcosmos– su tierra y su realidad, que no es otra distinta a la del Llano. Pero a la vez, le ha servido para sentir y hacer sentir la esencia del hombre que la habita. Porque convive con el entorno natural y a la vez con la esencia humana que se funde en este ‘territorio cortado a navaja’, como lo describió el admirado poeta de Constantino: el maestro Eugenio Montejo. Porque Constantino vive y transmite en su imagen como nadie, la felicidad de un instante de luz, de un tono, de un contraste, y así mismo es capaz –desde su ojo privilegiado (casi como un Aleph instalado en su retina)– de atrapar el color fugaz de un sentimiento, la gama de tristezas o alegrías de un jinete, la algarabía y la ternura de un infante mientras juega sobre la textura de la tierra del patio infinito de su casa, que no es otra que las sabanas del Orinoco.
Este es Constantino, El Grande, al que hoy se le rinden  merecidísimos y hermosos homenajes, que han servido como justo pretexto para que sus amigos, su familia, su esposa, sus conocidos, sus admiradores de siempre y sus fans de ahora, le reconozcamos esa grandeza integral de hombre y de artista a la vez. Porque no podemos olvidar jamás, que gracias a él hemos logrado sentir y gozar y vivir y vibrar hasta en la médula (desde su lente único e indivisible), con la infinita gama de colores que atraviesan el espíritu del llanero universal…
(Texto leído en acto de homenaje a Constantino Castelblanco. Villavicencio. 2011).

Atravesando el río Cravo Sur (Casanare)
Foto: Constantino Castelblanco

Constantino Castelblanco
Constantino Castelblanco. Nació en Nuevo Colón (Boyacá - Colombia) en 1950. Realizó estudios de Sociología en Ia Universidad Nacional y desde 1981 reside en Villavicencio, desempeñándose como fotógrafo profesional. Miembro del Grupo Cultural Entreletras.
Su trabajo fotográfico le ha merecido el Primer Premio a Valores Humanos en el Concurso Nacional de Fotografía Llanos Orientales de Colombia, organizado por El Tiempo y Dainco y una mención de Honor en el Séptimo Salón Colombiano de Fotografía, en Medellín. En 1997 fue seleccionado por la FlAP para participar por Colombia en la novena Bienal de Naturaleza en Francia. Hace parte del libro “Historia de la Fotografía en Colombia de Eduardo Serrano en el que destaca “...eI paisaje es, como se ha dicho, parte fundamental de su cantera creativa y así puede apreciarse en sus registros coronados por las veleidades de las nubes en el naciente y el ocaso...
Ganador de la Beca Fondos Mixtos Departamentales en 1998 otorgada por el Ministerio de Cultura. Ha realizado igualmente los sonovisos “Visión del Llano”, con textos de Julio Daniel Chaparro y “Caño Cristales: Sueño Húmedo en el Paraíso”, con textos de Jaime Fernández Molano. En la actualidad desarrolla un trabajo sobre arte en la naturaleza. Algunas de sus obras han sido publicadas en diferentes libros y revistas de arte, folclor, historia y poesía, como el volumen Llanos Orientales, editado por la Litografía Arco; Llanos, Diego Samper Ediciones; Gastronomía Típica del Llano, Editorial Lerner; La Ruta de los Libertadores, Corpes Orinoquia; Guía Turística del Meta, Instituto de Turismo del Meta; Meta Paraíso sin Fronteras, Así es El Salvador y Así es Honduras, Diseño Editorial.

1 comentarios:

  1. Desde acá de Barranquilla un amigo te admira y reconoce tu talento, Constantino.
    Diego

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