viernes, 22 de abril de 2011

Julio Daniel Chaparro / Dos poemas inéditos


Julio Daniel Chaparro en recital
Parque Los Centauros, Villavicencio
Foto: Constantino Castelblanco

Cadáver

“Tengo el atrevimiento de morirme”.
(A mi jardín)
Emily Dickinson.

1.

ya nada les asombra                  ni la rabia
ni la mano que de súbito retira la profunda rosa de una boca

2.

ni siquiera la altura del arroz
ni el grito de la hierba que florece
o el niño que delira porque halló la vida en una grieta.
la lluvia es natural            mas la soportan
y por ella apagan el crujir de los cabellos
y no fingen            se detienen           y no lloran

3.

están así      estragados     duros      negros
ellos no cantan       no susurran           son como robles
y hasta una espiga los derrota

4.

pero aunque nada les asombre
quisiera soñar lo exacto de sus sueños
resumir todo su hedor, lo oscuro de su herida
cantar así, morir cantando
soltarme la corteza contra un árbol.


Julio Daniel Chaparro


Julio Daniel con su esposa Piedad 
y su hijo Daniel Alberto,
 en su casa del Parque Infantil.
Villavicencio, 1985.
Foto: Constantino Castelblanco


Mi padre en sueños

me quedará su sol
su permanente caminar en las vigilias,
su tambaleo.
mi padre duerme ahora
y es bello como un niño
soportando la carga de sus sueños
bajo los pomarrosos.
desde mi orilla yo lo alcanzo a ver
restregando contra su pecho los retratos,
y recuerdo que un día deambulamos inocentes
reconociendo el país de sus deseos
donde vivirán, decía, sólo los felices.
yo lloré contra su pierna entonces
y oculté mi miedo entre sus manos.

pero por él fue mi juramento
la decisión de mi alborozado paso.
lo admiro ahora, mi padre
detenido en otra esquina
bajo una nube que como la muerte
permanece.
me sé su anhelo:
me dejará su soleada maravilla
el sabor de sus alcoholes, sus lamentos.
mi padre sumergido en sueños.
la tarde enturbiada de repente.
la lluvia en gris anunciando su próximo abandono.
pero él no será ya nunca como el aire
no podrá huir de entre mis dedos
no saldrá de la geografía de mi cuerpo,
de este poema.

el viento me golpea bruscamente.
anochece.
mi padre sigue en mí, invicto,
sigue sonriendo…

Julio 6 de 1987

Julio Daniel Chaparro


___________________________________________________

Julio Daniel Chaparro. Poeta y periodista colombiano asesinado a sus 29 años de edad en la Calle de la Reina de Segovia, Antioquia, la noche del 24 de abril de 1991.
Nació el 14 de abril de 1962, en Sogamoso, Boyacá. Desde temprana edad vivió en Villavicencio, Meta. Libros publicados: …Y éramos como soles (poesía), Editorial Entreletras, 1986; País para mis ojos (poesía), 1987; Árbol ávido (poesía), Editorial Entreletras, 1991; Papaíto país (crónicas), Reporteros sin fronteras, 1992. Fue cofundador de Oriente la revista y coordinador de la revista cultural Entreletras. Realizó estudios de Lingüística y literatura en la Universidad de La Sabana. Fue asesinado mientras cumplía un trabajo periodístico de investigación para el diario El Espectador, del cual era cronista y reportero. A veinte años de su muerte, se teme que su crimen quede –como tantos en este país– en la impunidad.

jueves, 21 de abril de 2011

Carlos Drummond de Andrade / A santa

Sueño de catedral
Barranquilla, 2011
Fotografía de Triunfo Arciniegas

Carlos Drummond de Andrade
A SANTA
Sem nariz e fazia milagres.

Levávamos alimentos, esmolas
deixávamos tudo na porta
mirávamos
petrificados.

¿Por que Deus é horrendo em seu amor?


CARLOS DRUMMOND DE ANDRADE
LA SANTA
Traducción de Rodolfo Alonso


Sin nariz y hacía milagros.

Llevábamos alimentos, limosnas
dejábamos todo en la puerta
mirábamos
petrificados

¿Por qué Dios es horrendo en su amor?



sábado, 16 de abril de 2011

Clave de sol / Jaime Fernández Molano

 
Ropa tendida
Obra de Francisco Bordes


Clave de sol


En medio de las cinco cuerdas que hay en el patio de la casa, la mujer canta y hace sonar su orquesta imaginaria, mientras extiende la ropa que se mece al ritmo del improvisado pentagrama.

Al llegar la tarde, la mujer guarda –junto a su secreto– las prendas oreadas, en el cesto de la ropa.


Del libro Edición secreta, Jaime Fernández Molano. 2011

domingo, 10 de abril de 2011

Constantino, El Grande / Jaime Fernández Molano

Vaqueros iniciando la jornada (Llanos del Orinoco)
Foto: Constantino Castelblanco

Constantino, El Grande
Por Jaime Fernández Molano

       Esos domadores del destino que miden su fuerza y dejan claro quién manda sobre el horizonte mientras sacuden una res o aprietan bajo sus muslos la vida misma de su potranco; esos llaneros recios nacidos en medio de un corral sin límites que se extiende hasta el Orinoco, han sido inmortalizados en una serie de instantes que trasciende cualquier óptica normal: la lente de Constantino Castelblanco, el fotógrafo más grande de los llanos. Y uno de los más importantes de Colombia.
Este artista, nacido en medio de las montañas de Nuevo Colón, Boyacá, en la década de los cincuenta, y que hace treinta años exactos decidió que su destino estaba trazado en las planicies de este territorio, llegó a la fotografía por la necesidad de expresar ese volcán de sensibilidades encontradas que no pudo hallar en la escritura ni en la pintura. Decidió entonces que la respuesta estaba detrás de la lente de su Canon AE1.
Un par de años más tarde, y cuando en su haber tenía ya miles de fotografías guardadas en los cajones de su escritorio de gerente extraviado en negocios ajenos a su destino, se encontró con un grupo de soñadores que no tardó en descubrir lo que sería una verdadera mina de las artes visuales en la región.
Casi obligado, comenzó a mostrar con timidez esa fantasía estética que habitaba en sus diapositivas. No tardó entonces en presentar en sociedad sus creaciones. Vinieron así los primeros sonovisos y luego sus exposiciones en Bogotá, Villavicencio y otras ciudades de Colombia. Y con ellas el éxito y los merecidos reconocimientos de los ojos del país y de los expertos del mundo.
Disparado por esa avalancha de elogios, acompañados de los primeros premios y menciones nacionales e internacionales, de la aparición de sus fotografías en grandes libros de lujo y en innumerables publicaciones, Constantino continuó demostrando con su trabajo, disciplina y esfuerzo técnico, que su talento estaba a la altura de las expectativas creadas alrededor de su nombre.
Depuró su técnica, tanto en blanco y negro como en color, y a la vez consolidó la temática que atraviesa la totalidad de su obra: el hombre y la naturaleza.
Algo fundamental en la obra de Constantino ha sido la permanente experimentación, la búsqueda de nuevos espacios, de nuevos territorios, la exploración de otros lenguajes estéticos en medio de ese mundo infinito que es para él la fotografía.
Tal vez radica ahí la clave de su genio y de su permanente crecimiento como artista, porque nunca está completamente satisfecho.
Y gracias a ese trabajo, los ojos del país y del mundo han podido disfrutar bajo el lenguaje de su estética, el sabor de la nostalgia en una mirada cerrera, el oculto deseo de una flor silvestre y el olor de las extenuantes jornadas sabaneras.
Pero más allá del maestro, del artista de primer orden en que se ha convertido ante la mirada de los expertos de aquí y de allá, de dentro y de fuera de todas las fronteras, (recordemos que fue seleccionado por la FIAP para participar por Colombia en la Novena Bienal de Naturaleza en Francia, y que el Museo de Arte Moderno lo seleccionó como uno de los fotógrafos más importantes de Colombia en la segunda mitad del siglo XX); más allá, repito, está el Constantino aún más interesante: ese que ha logrado estar por encima del bien y del mal, que así deba trajinar a diario desperdiciado en las tomas de cajón que ordena la publicidad política oficial mal pagada para asegurar la sobrevivencia y la cotidianidad, funge en verdad como el hombre descomplicado, el amigo de siempre, el creador permanente y obsesivo con la perfección –en su oficio y en su vida–.
Y esa grandeza profesional y personal le alcanza para seguir abrazando amaneceres, permeando –hasta el último suspiro y el más pequeño microcosmos– su tierra y su realidad, que no es otra distinta a la del Llano. Pero a la vez, le ha servido para sentir y hacer sentir la esencia del hombre que la habita. Porque convive con el entorno natural y a la vez con la esencia humana que se funde en este ‘territorio cortado a navaja’, como lo describió el admirado poeta de Constantino: el maestro Eugenio Montejo. Porque Constantino vive y transmite en su imagen como nadie, la felicidad de un instante de luz, de un tono, de un contraste, y así mismo es capaz –desde su ojo privilegiado (casi como un Aleph instalado en su retina)– de atrapar el color fugaz de un sentimiento, la gama de tristezas o alegrías de un jinete, la algarabía y la ternura de un infante mientras juega sobre la textura de la tierra del patio infinito de su casa, que no es otra que las sabanas del Orinoco.
Este es Constantino, El Grande, al que hoy se le rinden  merecidísimos y hermosos homenajes, que han servido como justo pretexto para que sus amigos, su familia, su esposa, sus conocidos, sus admiradores de siempre y sus fans de ahora, le reconozcamos esa grandeza integral de hombre y de artista a la vez. Porque no podemos olvidar jamás, que gracias a él hemos logrado sentir y gozar y vivir y vibrar hasta en la médula (desde su lente único e indivisible), con la infinita gama de colores que atraviesan el espíritu del llanero universal…
(Texto leído en acto de homenaje a Constantino Castelblanco. Villavicencio. 2011).

Atravesando el río Cravo Sur (Casanare)
Foto: Constantino Castelblanco

Constantino Castelblanco
Constantino Castelblanco. Nació en Nuevo Colón (Boyacá - Colombia) en 1950. Realizó estudios de Sociología en Ia Universidad Nacional y desde 1981 reside en Villavicencio, desempeñándose como fotógrafo profesional. Miembro del Grupo Cultural Entreletras.
Su trabajo fotográfico le ha merecido el Primer Premio a Valores Humanos en el Concurso Nacional de Fotografía Llanos Orientales de Colombia, organizado por El Tiempo y Dainco y una mención de Honor en el Séptimo Salón Colombiano de Fotografía, en Medellín. En 1997 fue seleccionado por la FlAP para participar por Colombia en la novena Bienal de Naturaleza en Francia. Hace parte del libro “Historia de la Fotografía en Colombia de Eduardo Serrano en el que destaca “...eI paisaje es, como se ha dicho, parte fundamental de su cantera creativa y así puede apreciarse en sus registros coronados por las veleidades de las nubes en el naciente y el ocaso...
Ganador de la Beca Fondos Mixtos Departamentales en 1998 otorgada por el Ministerio de Cultura. Ha realizado igualmente los sonovisos “Visión del Llano”, con textos de Julio Daniel Chaparro y “Caño Cristales: Sueño Húmedo en el Paraíso”, con textos de Jaime Fernández Molano. En la actualidad desarrolla un trabajo sobre arte en la naturaleza. Algunas de sus obras han sido publicadas en diferentes libros y revistas de arte, folclor, historia y poesía, como el volumen Llanos Orientales, editado por la Litografía Arco; Llanos, Diego Samper Ediciones; Gastronomía Típica del Llano, Editorial Lerner; La Ruta de los Libertadores, Corpes Orinoquia; Guía Turística del Meta, Instituto de Turismo del Meta; Meta Paraíso sin Fronteras, Así es El Salvador y Así es Honduras, Diseño Editorial.

sábado, 9 de abril de 2011

Borges / Mi experiencia con el Japón

Jorge Luis Borges
Fotografía de Sara Facio

Señoras, señores: 

Un amigo mío, el gran escritor belga Henri Michaux, escribió un libro titulado Un bárbaro en Asia. Yo lo traduje al castellano y me llevó largo tiempo comprender que era irónico el título. El contaba sus experiencias en la China y la India. Pero lo repito ahora con este candor, con toda inocencia, porque yo también me he sentido un bárbaro en el Asia, concretamente en el Japón. Eso no me ha entristecido. El hecho de compartir de algún modo una cultura que me parece harto más compleja que la nuestra, me alegró. Yo he pensado muchas veces: qué importa que yo sea desdichado si alguien es feliz, qué importa que yo sea desdichado si existe la felicidad, qué importa que yo sea relativamente un bárbaro si existe la cultura.
Pasé aquella temporada en Japón, donde me sentía continuamente agradecido, continuamente atónito, continuamente indigno de lo que yo podía ver a través de mi ignorancia y de mi ceguera. Yo voy a empezar con un mínimo ejemplo; espero que ustedes me hagan preguntas después. Yo no podré resolver ningún enigma, ya que el Japón es un enigma para mí. Pero un enigma que puede ser encantador. Por ejemplo, si tomamos los versos de Jaimes Freyre, que suelo recordar siempre: "Peregrina paloma imaginaria / que enardece entre los últimos amores / alma de luz de música y de flores / peregrina paloma imaginaria;" o aquel verso del famoso poeta irlandés William Butler Yeats, nos preguntamos qué quieren decir y no sabemos, pero eso es lo de menos, notamos que hay un enigma y ese enigma nos encanta.
Yo de algún modo me he ido preparando para esa sorpresa casi total que es el Japón. Mi primer encuentro con Japón fue con una pantalla japonesa que había en casa, la que, me di cuenta, era apócrifa. Luego con un libro: Tales of Old Japan. Desgraciadamente me he olvidado de los argumentos de esos cuentos de hadas pero recuerdo las ilustraciones, unos demonios verdes, debidamente demoníacos, debidamente japoneses. Recuerdo esas ilustraciones como si estuviera viéndolas. Es un poco triste reflexionar que uno lee un libro y lo que queda es que estaba encuadernado de verde, que estaba en tal o cual anaquel y que lo demás se ha ido o no se ha ido, quizá lo hayamos incorporado. De Quincey creía que la memoria era perfecta y comparó el cerebro humano con un palimpsesto. La memoria va siendo una pila infinita de palimpsestos, uno encima de otro, pero nada se pierde. Un estímulo y de pronto uno recuerda algo. Todo está en la memoria. De modo que algo de aquellos cuentos queda en mí.
Luego, mi otro encuentro con Japón fue cuando leí libros de Lafcadio Hearn, en cuya casa estuve. Me impresionaron mucho, sobre todo uno con hermoso título: Some Chinese Ghosts (Algunos fantasmas chinos). Creo que la fuerza está en la palabra some, "algunos", pues Chinese Ghosts no tiene por qué impresionarnos. Algunos los vuelve más precisos y a la vez más lejanos.
Un discípulo de María Kodama, japonés, a quien le había enseñado castellano, me preguntó cierta vez si no tenía interés en ir a Japón, y yo le contesté que no estaba totalmente loco, que naturalmente que sí, y pensé que había dicho eso para llenar un hueco. Pero al cabo de unos meses llegó una invitación de la Japan Foundation, y nos ofrecieron aquello que yo había creído increíble: un viaje al Japón. Fuimos María Kodama y yo. Pero ella tiene jóvenes ojos, una joven memoria; en cambio yo, viejos ojos ciegos; mi memoria es pobre, pero traté de no ser indigno de aquel viaje. Visitamos siete ciudades. Yo he escrito un libro con Alicia Jurado titulado Qué es el budismo; había un capítulo sobre budismo zen, una de la sectas típicas del Japón. Siempre me interesó el budismo, que es una religión que no exige de nosotros ninguna mitología; las otras religiones exigen mitología. Por ejemplo, el cristianismo nos exige la creencia en una divinidad que se hace hombre, tenemos que creer en premios y castigos. Pero el budismo no nos exige ninguna mitología y la permite también. Una prueba de tolerancia, que es una de las virtudes del Japón, es el hecho de que hay dos religiones oficiales. Una es el shinto, una suerte de panteísmo; creo que hay ocho millones de dioses, lo cual para nosotros es casi infinito y el infinito se parece bastante a cero. Creo que el Emperador profesa la fe del Buda y el shinto. Si además de eso un japonés quiere convertirse a cualquiera de la sectas cristianas, puede, ya que se considera que todas son facetas de la misma verdad.
Nuestro viaje se había organizado un poco alrededor de ese mísero librejo de Alicia Jurado y mío que había sido vertido al japonés; sin duda, quienes lo tradujeron sabían mucho más que nosotros sobre el tema. Les interesaba saber qué podía pensar un occidental, un mero bárbaro, de la fe del Buda, y así pudimos visitar ciudades, ríos, santuarios, monasterios, jardines. Yo pude conversar con un monje de un monasterio budista. Este muchacho, de unos treinta años, había estado dos veces en Nirvana; me dijo que él no podía explicármelo, y yo le entendí. Toda palabra presupone una experiencia compartida. Si yo digo "amarillo", se entiende que el interlocutor ha visto el color amarillo. Si no lo ha visto, la palabra es inútil. Bien, él no podía explicarme nada porque yo no había alcanzado el Nirvana. Me dijo que después de esa experiencia, le acontecían las mismas cosas que al resto de los hombres, sin excluir el dolor físico, el placer físico, la soledad, la incertidumbre y por qué no, el dolor, la traición; todo eso le es dado con no menos generosidad que a los otros hombres. Pero como él había estado en Nirvana sentía todo eso de un modo distinto, de un modo que no podía explicarme. El podía hablar de eso con otro monje en un monasterio lejano; cuando se encontraban podían hablar de esa experiencia, pero yo estaba excluido.
Bueno, he usado hace un rato, la palabra jardín. Hay un admirable jardín japonés aquí en Palermo que ha sido donado por el gobierno japonés, pero ya me doy cuenta de que usar la palabra, el concepto jardín es distinto al nuestro. Hay páginas de Chesterton en que habla de "amplios y ociosos jardines". Si uno piensa en los jardines como un lugar donde uno se pierde (hay jardines en Inglaterra como laberintos), piensa en el jardín como un lugar donde errar; en cambio, si no me equivoco, los jardines japoneses están hechos más bien como espectáculos, están hechos sobre todo para la vista, y hay uno, cuyo nombre he olvidado, en el cual no se entra, se lo ve desde afuera; creo que hay cinco piedras. En el jardín japonés la piedra es un elemento constante, de igual modo que el agua y las plantas. Creo que son cinco piedras pero uno sólo puede ver cuatro a un tiempo. El jardín como espectáculo o como una serie de espectáculos. El hecho es que uno no abarca nunca la totalidad del jardín, uno ve hasta cierto punto; cuando uno llega a ese punto hay un desvío, aparece algo imprevisto, puede ser un arroyo, un puente, un pabellón, otro desvío; y así el jardín es una serie de espectáculos. Pero puedo equivocarme en esto.
Desde luego a mí me había interesado la literatura japonesa. Yo he leído sobre todo las versiones de Arthur Waley, la versión de Genji Monogatari de Murasaki Shikibu, y la poesía japonesa. Ya en esa poesía pude apreciar una diferencia. Porque nosotros pensamos sobre todo en largos poemas, en La Divina Comedia, en el Paraíso Perdido, en La Odisea, en La Eneida, en canciones de gesta medievales. En cambio, la poesía japonesa empezó, si es que los estudios de literatura no nos engañan, por poesías relativamente breves, de cincuenta a sesenta versos, pero luego se sintió que eran demasiado largos y se llegó a la tanka, que consta de treinta y una sílabas, en versos de 5-7-5 sílabas, y luego vendría a ser el alejandrino: 7-7. Para nosotros las treinta y una sílabas nos parecen muy breves, en cambio para los japoneses eso fue demasiado largo, y les llevó a crear el haiku, especie de joya de diecisiete palabras: 5-7-5.
El fin de los poemas es apreciar un instante precioso. Un haiku bien hecho tiene que cumplir una mención de una de las estaciones del año. Creo que hay libros en los cuales hay por ejemplo cincuenta maneras de indicar el otoño, cincuenta maneras de indicar el estío, o lo que fuere. Uno puede repetir una de esas fórmulas y no importa, porque no hay la idea de plagio. El autor tiene que tratar de hacer algo bello. Si eso bello no es enteramente original no importa. Bueno, yo he intentado con escaso éxito el haiku. En algún libro mío hay diecisiete haiku, pero no sé si lo he logrado. Pero para qué recordar lo que se ha hecho en castellano. Prefiero recordar un famoso haiku que dice así: "El viejo estanque / salta una rana / ruido del agua". Son 5-7-5 sílabas. Hay otro que a mí me parece mejor pero que es menos famoso y que vuelve ahora a mi memoria: "Sobre / la gran campana de bronce / se ha posado una mariposa". En ambos haiku no hay metáfora, no se compara una cosa con otra. Es como si los japoneses sintieran que cada cosa es única. La metáfora es una pequeña operación mágica. Hablamos por ejemplo del tiempo y lo comparamos con un río, hablamos de las estrellas y las comparamos con ojos, la muerte con el sueño. En la poesía japonesa se busca el contraste. Vemos el contraste entre la perdurable campana y la mariposa efímera.
Estando en Japón ya sentía continuamente la cortesía, que solía tomar la forma del silencio. Entramos en un teatro para asistir a una representación de no y yo pensaba que en la sala no había nadie, pero sin embargo estaba llena de gente, pero nadie alzaba la voz. Luego otro rasgo curioso es que el interlocutor siempre tiene razón. Yo recuerdo que visitamos el santuario del Buda en Nara, me dijeron que el rostro era terrible. El edificio era de madera, quizá el edificio de madera más antiguo del mundo. El Buda está sentado sobre una flor de loto. Hay una escalera por donde uno puede llegar a tocar los pétalos de la flor y uno sabe que más allá continúa el Buda de rostro terrible; me dijeron que la cabeza del Buda casi toca el techo de la cúpula. Vimos aquello y alguien al salir preguntó si la imagen del Buda era de madera. Un sacerdote que dominaba el inglés contestó: "Sí, es de madera". Dejó pasar el tiempo y otro preguntó al mismo sacerdote: "¿De qué está hecha la imagen del Buda?" El sacerdote, sin contradecirlo, sin ofenderlo, pudo decir: "De bronce, señor". Todo eso corresponde a un modo muy complejo. A un mundo de buenos modales, a un mundo de gente educada, culta, y eso para mí, que era un bárbaro en Asia, me sorprendió.
Ahora veamos por ejemplo la historia reciente del Japón. Japón sufrió una derrota terrible, la aceptaron. No hubo ninguna hipocresía y sin modificar sus estructuras, sin perder su reverencia al emperador, el país resolvió cambiar, aceptar ese mecanismo occidental que los había destruido, y ahora se da este hecho increíble para nosotros. El hecho increíble es que Japón ahora posee dos culturas: su cultura oriental y la cultura occidental. A ésta, la ejercen mejor que los occidentales, a juzgar por las máquinas que se fabrican en Japón que son más evolucionadas, más refinadas y más elegantes también, porque el sentido estético del Japón perdura. Así el Japón ha ido recibiendo influencias. Por ejemplo, cuando se habla de China, a pesar de las diferencias políticas, se habla con una reverencia filial. Yo pienso que la introducción de los kanji, del budismo, tiene que haber sido para ellos una revolución no menos grande que la revolución actual de la cultura occidental que ellos han aceptado. Son ciento veinte millones de hombres que están ejerciendo dos culturas. Lo hacen sin lamentos, sin una elegía. Ellos han adquirido algo más, ellos han visto en esa derrota una secreta victoria.
He estado tratando de saber algo de japonés. Por ejemplo, nosotros contamos uno, dos, tres, cuatro, cinco y usamos las mismas palabras para cualquier cosa. Decimos "un" y lo que viene después puede ser un ancla, un ángel, un sol, lo que fuere. Pero en japonés creo que hay nueve modos de contar las cosas, y las palabras varían también según los números. Por ejemplo hay un sistema que sirve para contar cosas largas y cilíndricas; este bastón o un lápiz o un taco de billar. Hay otro para contar animales chicos o grandes. Todo eso me ayuda a comprender la brevedad de la poesía japonesa. Me dicen que no es algo que atañe a unos pocos. No, todo el mundo versifica. Creo que por año se escriben un millón de haiku; los escribe un campesino, un obrero, el Emperador, y si buscan ese límite es porque sin duda tienen un idioma más complejo que el nuestro. Yo sospecho que el japonés es a nuestras lenguas occidentales lo que nuestras lenguas son al guaraní o al quechua. Es más complejo. Una prueba de ello es que buscan formas breves porque saben que el idioma les permite hacer poemas admirables de diecisiete sílabas. Ellos se han impuesto esto porque sin duda saben que pueden hacerlo. He empezado a estudiar ese idioma que no sabré nunca, pero es algo así como si supiera que algo es inmortal, que de algún modo seguiré estudiando japonés después de mi muerte corporal. ¿Por qué no creer en la transmigración, que es algo que en los países orientales no se trata de explicar?

Buenos Aires, 8 de julio de 1985
Conferencia pronunciada por Borges en la Sala Promúsica.


viernes, 8 de abril de 2011

Julio Cortázar / Louis enormísimo cronopio

Louis Armstrong
Rabiosactualida - coveralia.com


Julio Cortázar
Louis enormísimo cronopio
(...) Louis no hace más que levantar su espada de oro, y la primera frase de When it’s sleepy time down South cae sobre la gente como una caricia de leopardo. De la trompeta de Louis la música sale como las cintas habladas de las bocas de los santos primitivos, en el aire se dibuja su caliente escritura amarilla (...)
Fragmento de Crónica del concierto de Louis Armstrong en París, el 9 de noviembre de 1952.

Edición secreta / Jaime Fernández Molano

Mike Stilkey

Edición secreta
Jaime Fernández Molano


Sólo busco clavar mi asta clandestina en lo más profundo de tu territorio conquistado. Y que la bandera ondee en silencio mi ex libris invisible, donde conste en secreto la procedencia de esa exclusiva colección a la que perteneces.

Abrirte hoja por hoja a hurtadillas y descubrir, con el asombro de un infante, cada imagen, cada verso, cada línea, cada párrafo que dicta tu geografía inexplorada, hasta encontrar el secreto de la metáfora sinfín en que conviertes tu cuerpo, tu delicia, libro abierto sólo para estos ojos, para estas manos que te palpan en cada página recorrida a su antojo, en horas sin tiempo y sin descanso.

Oler la pulpa de tus hojas antes del capítulo que sigue, descubrir tras las solapas los sueños furtivos de tu esencia, cabalgar sobre el lomo que nos señala tu nombre y darte vuelta para encontrar las huellas de quienes relevan tus cualidades y recomiendan indagar en tus adentros.

Leer y releer hasta deshojarte, para luego pegarte. Deshojarte, pegarte y lograr la cúspide con mi nudo en tu garganta… hasta alcanzar el desenlace.

Entonces retiro mi asta y mi ex libris y los rastros de mis huellas en tus vértices, para que nada sospeche tu dueño en el momento en que vuelva a buscar con sus dedos tu lomo intacto, y abra de nuevo las páginas en el capítulo previsto, para releer, como en los últimos años, las mismas líneas del mismo párrafo, antes de que el pesado sueño vuelva a interrumpirle su lectura.

jueves, 7 de abril de 2011

Jaime Fernández Molano / Dos poemas

Nudo
El Aleph, Restrepo, 2010
Foto de Triunfo Arciniegas
Jaime Fernández Molano
DOS POEMAS
Soga 1

Vuelo final
que estrecha
                       y
                        me salva

Soga 2

Aprietas,

y así
asfixias
la idea de dios
que llevo dentro.


Jaime Fernández Molano
Filo de ausencias
Villavicencio, Fondo Editorial Entreletras, 1999

miércoles, 6 de abril de 2011

Fernando Pessoa / La muerte




Niebla y recodo
Chíchira, 2008
Foto de Triunfo Arciniegas

Fernando Pessoa
La muerte


La muerte es la curva del camino.
Morir es sólo no ser visto.



Fernando Pessoa
A morte

A morte é a curva da estrada.
Morrer é só não ser visto.


domingo, 3 de abril de 2011

Triunfo Arciniegas / Cuando papá se fue de casa



Autorretrato, 1914
Egon Schiele

Triunfo Arciniegas
CUANDO PAPÁ SE FUE DE CASA

Papá se fue de casa. La otra noche discutió a gritos con mamá hasta tarde, cuando por fin me dormí, arrinconado y con la cabeza tapada. El caballero de las cantinas, el hombre adorado por sus amigos de parranda, don Juan del Mar, qué gran persona, en casa se volvía un demonio. Le brotaban cachos y cola, candela de sus ojos y obscenidades de su boca, mientras partía un pocillo contra la mesa o estrellaba un cuadro en el piso. Tenía por costumbre romper fotografías, que al día siguiente mamá remendaba con cinta transparente. “Mi mujer es una santa”, decía don Juan del Mar en las cantinas, pero en casa quería trapear con ella. Una vez le restregó en la boca la foto de un antiguo pretendiente. Mamá estuvo con la boca floreada como una semana. En el mercado se subía la bufanda hasta la nariz para disimular el maltrato y, si se veía obligada a rendir explicaciones, contaba que se había resbalado en el patio.
         Las virtudes de mamá se quedaban en las cantinas.
         Desperté diciendo “lágrimas de sangre, lágrimas de sangre”. Siempre que papá se emborrachaba le entraba el desespero y amenazaba con largarse, mamá suplicaba que por Dios no nos desamparara y él soltaba su frase de cabecera: “Ni porque me lloren lágrimas de sangre”. El hombre sólo hacía dos cosas en la vida: o trabajaba como un burro o se emborrachaba como una bestia. Sobrio, no decía nada, nos ignoraba, y borracho, se volvía sentimental. Los borrachos me aburren.
         Cuando pregunté por él, en la cocina, mamá dijo que desayunara porque ya faltaba un cuarto. Probé el café, revolví los huevos, manoseé el pan y salí corriendo. La mañana fue una sola carrera. Todo me daba vueltas. Olvidé una tarea, perdí una evaluación y, para colmo de males, extravié el dinero del almuerzo. Me dediqué a patear piedras y latas de cerveza en la calle. La jornada de la tarde tuvo sus propias desdichas.
         Cuando volví a casa, mamá no estaba. Me había dejado la llave con la vecina. Mi hermana llegó al rato. Me sorprendió fumando pero no armó ningún escándalo. Dijo como si nada:
         –¿Quieres saber una cosita, Fernando? Papá se fue con Mariela Cruz. Ya se llevó la ropita.
         Le pregunté cómo lo sabía, por qué.
         –Los hombres se vuelven locos por un culo parado.
         Mamá llegó tardísimo, con los ojos hinchados pero sin rastros de sangre. Nos abrazó y se fue a la cama. Salí a caminar durante horas, fumando un cigarrillo tras otro. Abandoné la ciudad y en un potrero sorprendí a dos hombres que compartían los favores de una muchacha.
         Doña Cecilia Arenas se volvió otra. Una ausencia. Perdió peso y arrojó a la basura las faldas largas. Mi hermana y yo nos encargamos de la casa porque mamá no hacía presencia. Llegaba a medianoche, a veces borracha, y se levantaba tarde, cuando ya nos habíamos ido al colegio. Al volver, no la encontrábamos. Ya no me preocupé por esconder los cigarrillos en un pino de la orilla de la carretera porque doña Cecilia no volvió a revisar mi cuarto, y mi hermana, para colmo de bendiciones, se aficionó a los placeres del humo. Ya no tenía que inventar escondites para las revistas de mujeres desnudas. Bastaba con camuflarlas en el fondo de una caja de cartón. Tuve una gripe y mamá ni se enteró. Como que estaba rescatando en las cantinas las virtudes perdidas.
         Vi a don Juan del Mar de cuando en cuando. La primera vez por casualidad, en el Parque Pepe Romero, con Mariela Cruz. Era linda, delgada, una muñequita, pero no era mi mamá. Más bien parecía mi hermana mayor. Papá nos presentó y nos invitó a un jugo en El Palacio de las Frutas. Había perdido dimensiones. Como que ya no era tan inmenso, ni yo el barco azotado por sus rugidos. No pensé que mis huesos se estiraban sino que los suyos comenzaban a encogerse. Hablamos del colegio, por supuesto, y solté algunas mentiras. La muchacha parecía apenada y se reía todo el tiempo. Papá dijo que pasara a visitarlo. Fui unas cuantas veces a la casa que tenía con Mariela Cruz en Valparaíso. Una casa pequeña que necesitaba muchos arreglos y que me desvaneció el rencor del abandono. Ese moridero de pobres que era Valparaíso, un barrio de casas tristes y calles destapadas que la policía nunca visitaba porque le daba miedo, mojaba prensa en la página de las desgracias con descarada frecuencia. Papá tenía problemas de dinero.
         Mamá no. Empezó a comprar cosas para la casa, más cosas que nosotros debíamos limpiar, comenzó a comprar vestidos lujosos y llamativos, perfumes caros y una que otra joya, como si tuviese una varita mágica. Ni mi hermana ni yo nos atrevimos a preguntarle de dónde venía el chorro. A veces la traía un hombre, a veces la esperaba en la esquina un auto lujoso. Mi hermana y yo no nos decíamos nada. Nada. Dejábamos que pasaran los días con la vaga esperanza de que alguna vez el tiempo volviera a poner las cosas en su sitio. Hasta que un desgraciado soltó la terrible frase: “Su mamá se puteó”. Le reventé la nariz a la putrefacta rata de alcantarilla y me dejó un ojo morado y a medio cerrar. Le dije a don Juan del Mar en uno de esos encuentros casuales:
         –Mamá anda en malos pasos.
         –Es tu mamá.
         Quiso decir que no debía juzgarla, que debía hacerme el de la vista gorda y quererla de todas maneras.
         –No tienes que hacerte matar –dijo papá.
         No le hablé de mi hermana, que aprovechaba el desorden para verse hasta tarde con Humberto, un mecánico de motos. Creo que una noche se quedó con él. Luego la encontré derramando sus propias lágrimas de sangre. “Se aprovechó de mí”, dijo. No se volvieron a ver. Humberto tenía mujer y muchachitos en Pamplona. Mi hermanita del alma levantó el reemplazo en un abrir y cerrar de piernas. Al mecánico se lo tragó la tierra y mis hermanita se quedó con las ganas de ponerlo celoso. Andaba como loca. Rompió un montón de fotos y escribió maldiciones en las paredes de su cuarto. Fue a Pamplona a buscar al hombre pero no lo encontró. Dormía desnuda. Un terremoto, y todo el mundo le conocería el culo. Yo todavía no tenía bigote, pero ella se rasuraba las axilas y la cosa. La otra vez la vi, por accidente, en esa tarea. La casa era tan chiquita que nos tropezábamos a cada rato.
         Tampoco mencioné ante papá mis extravíos. Me emborraché un par de veces y fue horrible. Alguien me ofreció marihuana y fue peor. Sentí que me buscaban para matarme. Más de una vez desperté empapado de sudor. Martina Prado se ofreció a enseñarme los senos si le pagaba, pero no conseguí el dinero. Mamá no se descuidaba. Calculé que necesitaba sacrificar los almuerzos de por lo menos dos semanas y las tripas me chillaron.
         –Hasta me los dejo tocar –precisó Martina.
         No soñé con las teticas de Martina Prado sino con los melones de Abelarda Cienfuegos, la sobrina del arzobispo, la novia del gordo Barroso. Lamí como un perro muerto de hambre la foto de Pamela Anderson, la salvavidas, la cosota de la tele que estallaba en ese traje de baño rojo. El mundo ya no era lo que era y se me salía de las manos. Quise sentarme en un rincón a esperar que todo pasara.
         –Papá.
         –Qué.
         –Vuelve a casa.
         Papá me miró con lástima. Pasó sus dedos por mi cabeza y dijo:
         –Siempre te he querido.
         No nos vimos en unos cuantos meses. No coincidimos. Si lo buscaba en la oficina, había salido a cumplir algún trámite, y si lo buscaba en su casa, estaba por llegar, Mariela me pedía que esperara y me cansaba de mirar las paredes. Niños con el ombligo al aire jugaban con barcos de papel en los charcos amarillentos. Tampoco lo busqué muchas veces.
–Marica –me dijo Martina Prado cuando nos cruzamos en las escaleras.
Martina era todo un verde prado en mis sueños, un jardín, un estadio de girasoles, y yo, el caballo que la devoraba sin descanso. Nunca me atreví a decirle que era el animal que pastaba en su apellido.
Le pregunté al negro Alcides cómo hacía para mantenerse con billete y me señaló con disimulo a la profe de geografía. No pregunté detalles, pero me asombró que al negro le gustaran tan viejas y tan gordas.
–Es una vaca.
–¿Quieres hacerla mugir? –dijo Alcides, riéndose–. También persigue a los desteñidos
Decidí darle el sablazo a don Juan del Mar. Nos encontramos de casualidad a la salida del Cine Andrómeda, donde exhibían por el precio de una La amante del teniente francés y Frenesí en París. Él estaba solo y yo también. Había abandonado la bebida.
–Pero veo botellas hasta en la cara de los santos.
Me acompañó a tomar el autobús.
         –Vas a tener un hermanito –me dijo a manera de despedida.
         Con el par de billetes que dejó en mi mano sudorosa, ahora doblados en el fondo del bolsillo, le recordé a Martina Prado el ofrecimiento y me cacheteó delante de medio mundo en el patio de recreo. ¿Quién entiende a las mujeres?
         –Dame esos billetes y te digo cuál hembra te muestra las tetas –dijo el negro Alcides.
         –¿Y qué saco con saberlo?
         –Te la pongo en bandeja.
         Le di los billetes al negro y dos días después me pasó el dato: Abelarda Cienfuegos.
–¿Creíste que no sabía por quién se te escurre la baba?
–¿Y Barroso?
–No te preocupes por ese gordo marica.
–¿Y el señor arzobispo?
–Te volviste bobo o qué. ¿Qué tiene que ver Su Excelencia? De paso, hombre, le preguntas a la Paloma si es cierto el cuento de que el tío la manoseó en la cocina. Y si todavía le quedan alientos para perseguir monjas en el convento.
         Fui a la casa de Abelarda y pulsé el timbre con mano temblorosa y dolor de barriga. ¿Sería verdad o el negro me había estafado? O me daban otra cachetada o descubría el universo. Ya era tarde para echarme atrás. Abelarda abrió la puerta y me recibió con un beso. Me llevó de la mano hasta su cuarto, que olía a incienso, y me hizo sentar a la orilla de la cama. Se desabotonó la blusa.
         –¿Quieres ver más, bebé?
         Me arrojó la blusa a la cara.
         –¿Más?
         Se arrancó el brasier y sacudió sus inmensas tetas de un lado a otro. Luego se acercó hasta mi boca. Pasé la lengua, hundí la cara, chupé los pezones.
         –La Vía Láctea –dijo Abelarda, adivinando mis pensamientos–. ¿Quieres más, bebé? Quítate la ropita.
         Lo hice y me quedé tendido en la cama, como un cervatillo asustado en las fauces de una leona hambrienta, mientras Abelarda me recorría, primero con los senos y luego con la lengua. Había metido la cabeza en el enchufe y la electricidad me recorría de pies a  cabeza. No tuve tiempo de preguntar por el arzobispo.
         –Ay, Fernando, siempre te tuve ganas, pero pensé que no te gustaban las mujeres. ¿Quieres más?
         Desnuda, se acaballó sobre mí y entré en cuerpo y alma al paraíso. Abelarda Cienfuegos comenzó a gritar como una loca. Temí que de un momento a otro los bomberos derribaran la puerta y entraran corriendo al cuarto.
Tres meses después papá volvió a casa. Lo encontré en la sala, flaco y con los zapatos desgastados, cuando llegué de la biblioteca, donde estaba a punto de terminar Madame Bovary. Mi hermana no iba a clases desde que su barriga se hizo evidente. Ahora lloraba en los brazos del hombre de la casa.
         –Saluda a tu papá –dijo mamá–. Nos perdonamos todo.
         Papá torció la boca y movió la cabeza hacia delante un par de veces. En una pausa del noticiero, esa misma noche le pregunté por Mariela Cruz.
         –Se fue –dijo, retorciéndose el bigote.
         –¿Y mi hermano?
         –No era tu hermano.
         Como para consolarme, añadió:
         –Ahora vas a tener un sobrino.
         –Y tú vas a ser abuelo.
         –Cierto –dijo papá, y me pareció feliz–. Ya me encontré las primeras canas y necesito unos anteojos.
         –Tengo novia.
         –Ya era hora.
         Mamá había preparado una cena suculenta, como de Navidad, y se reía por cualquier cosa.
         –Todo volverá a ser como antes –dijo.

Pamplona, 1999
Mujeres muertas de amor